Hierro y níquel - Rafa Vega
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Hierro y níquel

Hierro y níquel

El portazo no sólo sonó a cristal y acero. El portazo sonó a final de una noche que podría haber sido una vida entera. Miré hacia atrás para que la última imagen de ese episodio fuera el de su edificio, y no el de su rímel corrido por las prisas de haberse acostado sin quitarse el maquillaje. Bromeamos sobre eso cuando nos despedimos, para evitar hablar de si habría una próxima vez. Los dos sabíamos que queríamos, pero no debíamos. Me agarré a la distancia como excusa para quitármela de la cabeza mientras iba camino del parking. Inconscientemente, manoseaba las llaves del coche guardadas en el bolsillo. Las mismas que ella me quitó unas horas antes. Después me confesaría que lo hizo como artimaña para que me quedara a dormir en su casa. Aunque lo que menos hicimos fue dormir.

Casi no quedó un vinilo de su estantería sin poner, mientras me explicaba con vehemencia alguna curiosidad relacionada con ese disco: dónde lo compró, por qué, con quién estaba… Yo simplemente asentía acercando cada vez más mi hombro al suyo. Por la ventana se iba asomando la luz de un domingo que sabía a despedida. Pero no le importaba el amanecer.

Dejé caer mi cabeza en su regazo mientras ella posaba la copa de vino en la mesa auxiliar para tener las manos libres. Se puso a acariciarme el pelo casi al mismo tiempo que empezó a sonar “Hierro y níquel”. Apenas dio tiempo a los primeros acordes de la canción de Los Planetas y ya me estaba explicando que el hierro y el níquel son los metales de los que está compuesto en su mayor parte el núcleo terrestre. Aunque no estaba escuchando nada nuevo, asentía para no interrumpirla. Dio un sorbo al vino y aproveché para apostillar la afinidad de sus números atómicos. No contestó. Y no sé si es porque la pillé en un renuncio o porque estaba preparando su siguiente parte del discurso. Después de unos segundos pensativa, me propuso que nos tatuáramos cada uno uno de esos elementos de la tabla periódica. No sé si ella quería ser hierro o prefería ser níquel. No se lo llegué a preguntar. Nos quedamos dormidos sin haberlo decidido. Tampoco lo hablamos al despedirnos.

Desde entonces, apenas he sabido de ella. Los dos nos hemos encargado de protegernos ante la distancia de los 500 kilómetros que separan nuestras ciudades. Las únicas noticias que tengo son las fotos que sube a Instagram. En la última he visto que tiene un nuevo tatuaje: pone “Fe”. Está en su antebrazo derecho, el mismo en el que yo llevo tatuado “Ni”.